Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XX), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpgSanta Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 21 de febrero de 2014, (FCP). La transformación del ser humano por el poder de Dios es para tantos, al no comprenderlo, no más que ciencia ficción debido a que dicho proceso no es posible asimilarlo con la lógica humana. El hombre sin Dios, al buscar su esencia y el por qué de las cosas se dirigirá inevitablemente a su interior, a su autosuficiencia donde encuentra respuestas en las que el Dios de los cielos no es incluido.

En su exaltación como raza dominante, el hombre caído siempre trata de ser reconocido y de establecer su voluntad, la cual se encuentra en lo más íntimo de su ser interior: El yo. Contrariamente a este proceder, el individuo redimido pasará por un proceso de muerte, a través del cual será transformado a la imagen de Cristo.

Jesucristo, el Mesías, nos legó un magnifico ejemplo cuando fue levantado en aquella cruenta cruz, al momento de ser sacrificado como un cordero sin mancha y sin defecto por los pecados de toda la humanidad. Aunque no lo entendieron en el momento, el propio Jesús profetizó a sus discípulos en varias ocasiones sobre Su necesaria muerte.

Para Sus seguidores, semejante profecía era un escándalo y una tragedia porque no hallaban ninguna razón para que el Nazareno fuera tratado de esa manera, pero Jesús se refiere a Su muerte como una glorificación en vez de una desgracia. “Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado” (Jn.12.23).

No decimos que sea sencillo y fácil de asimilar, pero sí entendemos que es el camino que Jesús nos mostró para ser fructíferos. “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn.12.24), Él le dijo a sus oyentes que solo a través del proceso de sufrimiento y muerte es que podemos llegar a ser productivos.

Son muchos los que ni siquiera soportan hablar de la muerte, otros no encuentran ningún sentido a semejante enseñanza, y con los discípulos no era diferente, así que Jesús al percibir está ambigüedad, dijo: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Jn.12.25). ¡Otra paradoja!

Esto es explicativo para el proceso del cual hablamos, el aborrecer la propia vida habla sobre aquella actitud que valora los intereses celestiales por encima de los terrenales. Aquellos que se llaman cristianos ofrecen poca importancia a los placeres, las filosofías, los valores y los estándares del mundo, puesto que saben que hay una vida eterna que ganar.

Negarse a uno mismo para someterse a la autoridad del Creador no es algo que alguien simplemente quiera proponérselo y lo logre, solo se puede conquistar dicha actitud con la asistencia del Santo Espíritu de Dios. La voluntad de nuestro yo interno tratará una y otra vez, de disímiles formas, de someternos a sus deseos y ambiciones.

Martin Lutero, uno de los grandes reformadores religiosos y estas tuvieron un impacto social del siglo XVI, dijo al respecto: “Tengo más miedo a mi propio corazón que el Papa a todos sus cardenales. Dentro de mí vive el más grande de los tiranos, el yo“. Podemos decir que el proceso de ser cambiado a la imagen de Cristo, es del todo radical, Dios no quiere que sea a medias.

Ejemplo palpable tenemos en la persona de Juan el Bautista, quien dio una magistral respuesta a un grupo de judíos celosos que vinieron y le dijeron que Jesús “bautiza, y todos vienen a él” (Jn.3.26). Este respondió: “No puede el hombre recibir nada, sino le fuere dado del cielo…, es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Jn.3.30).

El cristiano, en un momento determinado, llegará al conocimiento de que es a través de este proceso de muerte de lo que somos, que Dios en la persona del Hijo se hace más real en medio de nuestras vidas. Para esto no existe atajos, y si alguien se llama discípulo de Cristo, dicha transformación tuvo que haber sido operada en su ser.

Negocio mejor que este no vamos a encontrar, vivir según la voluntad de Dios, con la imagen del Creador restaurada como al principio, e incluido en la gran congregación de los redimidos que todo el universo reconocerá. “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijo de Dios” (Ro.8.19).

Sermón del Monte.jpg

Sermón del Monte.

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