Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XXI), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpgSanta Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 28 de febrero de 2014, (FCP). Es la congregación de todos los verdaderamente redimidos, la Iglesia, que somos en este momento histórico los herederos y coherederos con Cristo delReino de los Cielos. Este rebaño, al estar conectado con el Hijo de Dios como cabeza, es lo que hace posible la manifestación del hombre nuevo, aquel que es conforme a la imagen de su Creador para cumplir Su voluntad.

Demostrado está por la Sagradas Escrituras que el Altísimo, por medio de Su Iglesia, mostrará al mundo y a todo el Universo el reflejo de la misma imagen de Cristo estampada en cada uno de Sus hijos. Todo el trato de Dios con los salvados está dirigido a quitar toda impureza para moldearnos de acuerdo a Su propósito.

Podemos decir, en otras palabras, que todo el trabajo del Todopoderoso con nosotros, la Iglesia, es reproducir en los individuos el carácter moral de Dios y la sumisión que Jesucristo tuvo para con el Padre. Parecerán difíciles o quizás absurdas estas palabras para las mentes no regeneradas, pero hablamos de la perfecta voluntad del Creador.

El propio Jesucristo, en Su ministerio terrenal, dijo: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Jn.5.19). Durante todo el tiempo de Su peregrinación sobre la Tierra, Jesús mostró una completa dependencia de Dios el Padre.

Al mismo tiempo muchos de sus contemporáneos, conocedores de la Ley de Moisés, se sintieron ofendidos por tal declaración. Para ellos esto era irresistible, “Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn.5.18).

Cuando los cristianos entienden semejante revelación de la conexión con Cristo de igual forma como Cristo es uno con el Padre, entonces el evangelio fluye a través de los redimidos, la Iglesia, de la misma forma que fluyó en la persona del Mesías con el cuerpo de Su encarnación. Dios desea que Su Iglesia, el cuerpo de Cristo, predique en esta misma dimensión.

Es triste que sean demasiados los miembros de las diferentes denominaciones que viven vidas mediocres por faltarles revelación. Es por esto que Pablo, el apóstol, oraba por los efesios: “…, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él…” (Ef.1.17).

Parece que la preocupación del apóstol era para que los creyentes tuvieran el conocimiento requerido para vivir al nivel que Dios desea. Pablo continuó: “…, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cual es la esperanza a que él os ha llamado, y cuales las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Ef.1.18).

Esta oración del apóstol por los cristianos de Éfeso refleja claramente el deseo supremo del Altísimo para todos aquellos que han sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo, cuando lo aceptaron como Señor y Salvador. Es responsabilidad de cada individuo anhelar y buscar, por medio de la comunión con Dios, dicha revelación.

Pablo anhelaba que el Espíritu Santo pudiera obrar en los creyentes en mayor medida para que pudieran recibir mayor revelación, sabiduría y conocimiento respecto del plan redentor de Dios en cuanto a la salvación presente y futura (cf. Ef.3.16). Además de que tuvieran conciencia de la capacidad de acción de Dios en nosotros, “según la operación del poder de su fuerza” (Ef.1.19).

Si los creyentes desean crecer en gracia, lograr vencer sobre el maligno y el pecado, ser un testigo de Cristo con eficacia y autenticidad, alcanzar a otros con el mensaje del evangelio y alcanzar la salvación final, deben conocer el mover del poder de Dios. Esto es para aquellos “que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe” (1Pe.1.5).

Ese poder no es más que acción, manifestación y fortaleza del Espíritu Santo, que obra en el creyente fiel que sinceramente anhela ser semejante a Cristo. Es el mismo poder que “operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío y sobre todo nombre que se nombra” (Ef.1.20-21).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s