Perico: un Burro que no era tan Burro, José Luis León Pérez.

Leon.jpgEl Gigante, Santa Clara, Villa Clara, 21de febrero, (FCP). En la calle de San Cristóbal y Maceo el 26 de febrero de 1947 con 33 años murió Perico. Un burrito liberto y bonachón que había adquirido cariño en Santa Clara por su diario andar por la ciudad y rebuznar en las casas donde lo alimentaban o juguetear con los niños quienes les acariciaban las orejas. Era un animalito emblemático de la ciudad.

Si algunos burros han alcanzado fama en la literatura universal o nacional como Mayabe de Holguín y el de Bainoa -cuyos méritos pocos recuerdan o saben- y otros. Ninguno ha tenido un cariño popular real, ni que lo sobrepase en crédito y difusión como el de este pollino villaclareño.

Cuentan quienes conocieron al jumento, que primero tiraba de un carretón con helados y luego de otro con el cual se compraban y vendían botellas, pero un buen día, su dueño adquirió un camión y le dio la libertad. Entonces empezó el animal a labrar su leyenda, pues recorría libremente la urbe.

Así, Perico dejó de ser un burro vulgar para convertirse en la mascota de la población. Esta popularidad creció por su presencia, junto a jóvenes y adolescentes, incluso en protestas estudiantiles.

Pero, no todo fue color de rosa para Perico. Al alcalde Artiles, no le gustaba verlo en el parque en busca de sombra al amparo de un árbol o alimentándose y mandó a la policía a sacarlo del lugar. La tarea se la dieron a un vigilante nuevo que desconocía la popularidad y el cariño que le tenían los vecinos de la ciudad.

Lleno de autoridad trató de espantar al pollino. Al no reaccionar lo empujó, y como Perico no entendía aquel trato se negaba a dar un paso y recibió entonces una lluvia de toletazos. Tuvo suerte el uniformado de salir con vida porque los estudiantes le tiraron piedras, las mujeres escobazos y los hombres puñetazos por atropellar al orejudo.

La furiosa protesta de los pobladores demostró al alcalde que Perico era mucho más querido que él y no le quedó otra alternativa que revocar la orden. Como se acercaban las elecciones algunos bromistas le pusieron una sábana pintada con este letrero: “No voten por Artiles que nome deja caminar por el parque.

Muchos recuerdan como bebía abundante cerveza, su simpatía en los desfiles de carnavales con la comparsa “Los Pilongos” o cuando estudiantes, contrarios al gobierno de turno, colgaban del lomo del manso cuadrúpedo, carteles políticos de oposición al régimen.

perico ha muertoLo más asombroso de su vida fue su muerte. Eran las seis de la tarde del 26 de febrero de 1947, Perico se encontraba cerca del café Villa Clara, Bienvenido Pérez (Lea) lo vio y se le acercó. Al notarlo cabizbajo y afiebrado le dijo: -Perico tú estás enfermo, vamos para la casa-. Y el animalito siempre obediente le siguió hasta la botellera.

A la mañana siguiente, -Caballo-, le dijo el sereno que cuidaba el patio de la botellería. Muy temprano le preguntó Victoria: -¿El viejo está durmiendo?- y tras su respuesta afirmativa, -Pues mira, Perico ni se mueve, pa’ mí que está muerto, yo lo estuve mirando por una ventana-, señala la vecina.

No hallaban cómo decírselo a Lea, pero al final la dolorosa realidad se impuso. Al divulgarse la noticia, muchos centros de trabajo cesaron sus labores, innumerables escuelas enviaron a sus alumnos. Todos querían ver por última vez su simpática figura.

Gran consternación causó su fallecimiento. En las escuelas se suspendieron las clases y el pueblo entero se volcó al lugar donde yacía inerte Perico a llevarle flores. Se hizo una esquela mortuoria y se convocó el entierro para las cinco de la tarde en el patio de la propia botellería de Lea, donde fue sepultado.

Los niños crearon una Comisión e hicieron una esquela que repartieron por la ciudad y recaudaron dinero para coronas y flores. Fue enterrado al día siguiente a las cinco de la tarde al lado de su corral y rodeado de su pueblo que ahora lo mantiene vivo en una herrumbrosa y triste escultura que perpetúa su imagen y no así en su memoria.

Cuando la última palada de tierra cubrió su ataúd y las coronas y flores vistieron de colores su tumba, el destacado senador de la República doctor Elio Fileno de Cárdenas, en representación del pueblo y del gobierno, despidió el duelo con palabras llenas de tristeza y dolor.

La radio y los periódicos cubanos describieron aquel impresionante sepelio. El influyente diario The New York Time publicó la noticia bajo el título de “Perico has died” (Perico ha muerto) informó así al mundo de su muerte y su leyenda.

Perico demostró, en suma, que un burro puede no ser tan burro. Definición compuesta, naturalmente, desde el punto de vista humano. Porque, como les he contado, los habitantes de Santa Clara amaron a Perico por actos que parecían copias de la conducta de hombres y mujeres.

Al andar por más de medio siglo, la imagen de Perico tristemente no irrumpe en la vida de los pobladores de Santa Clara. Estos, solos, no pueden rescatar su historia a pesar de ser –Perico– patrimonio local. Solo un Gobierno con verdaderas intenciones puede rescatar las leyendas patrimoniales y contribuir con ellas a la identidad local y regional.

Para que la fama de Perico no muera, yo como cubano y –sobretodo– santaclareño propongo a esos oídos sordos hacer un libro y que como otros de igual asunto o de menos importancia se reediten o se estudie periódicamente. Lo merece. Aseguro que estos el pueblo santaclareño lo agradecerá eternamente.

A Perico quizás lo aventajen mundialmente en nombradía. El asno del Domingo de Ramos, el de Sancho Panza y Platero, ellos tuvieron a grandes como cronistas. Perico, con una existencia más enjundiosa y versátil, no ha hallado aún biógrafos, tan competentes como aquellos, que lo pongan a vivir para siempre en la relectura.

Un libro que yo empezaría sería así: Perico, fructifica de ocaso sus ojos negros, se va, dócil, a un charquero de aguas de carmín… Y no sigo: me percato de que recito a Juan Ramón Jiménez. Como este, es el autor que Perico aún espera.

Perico dejó de ser un burro vulgar para convertirse en la mascota de la población

Perico dejó de ser un burro vulgar para convertirse en la mascota de la población.

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