“El Roncador”, Un Desembarco sin Final, José Luis León Pérez.

Leon.jpgEl Gigante, Santa Clara, Villa Clara, 7 de Marzo, (FCP). En la madrugada del 29 de noviembre de 1884, la pequeña goleta llamada “El Roncador”, enfila proa a las costas cubanas. El barco de un solo palo, transportaba 14 hombres, entre ellos cuatro marinos griegos y a José Ramón Leocadio Bonachea Hernández como jefe, desde Montego Bay en Jamaica.

A las dos de la tarde, ya fuera de las aguas jurisdiccionales, “El Roncador” es divisado por una lancha armada de la Marina española bautizada como “La Caridad”. Esta había salido en su busca gracias a una delación producida en Kingston.

Bonachea, que temía por la suerte de sus compañeros decide no hacer frente a la lancha. Arroja por la borda todo el armamento, creyendo con ello, que el enemigo privado de las evidencias, los dejarían proseguir su viaje. De nada sirvió aquella acción, pues un documento, en manos del desertor que había quedado en Jamaica, era suficiente prueba como para incriminarlos.

Violando lo establecido por las leyes internacionales referente a embarcaciones que se encuentran en aguas no jurisdiccionales, los apresaron y condujeron a Manzanillo. Todo el traslado era en medio de ofensas y burlas vejaminosas. El día 6, fueron trasladados a Santiago de Cuba, en el vapor “Thomas Brooks”.

En una oscura celda de “Cayo Ratones” Bonachea cumplió sus 38 años. El 13 de enero de 1885 es reubicado junto con sus camaradas a los calabozos del Castillo del Morro de Santiago de Cuba. Allí permanecieron hasta el 10 de febrero, donde son conducidos al crucero “Jorge Juan” con el fin de celebrarles Consejo de Guerra.

El Consejo sesiona durante dos días: 11 y 12 de febrero. La acusación: rebelión y filibusterismo. La sentencia: pena de muerte para el General José Ramón Leocadio Bonachea, el Coronel Plutarco Estrada, el Capitán Pedro Cestero, el Teniente Cornelio José Oropesa y el práctico Bernardo Torres. El 6 de marzo, les fue leída la sentencia a los reos condenados a muerte.

Estos pasaron a las capillas, “(…) acompañados de los sacerdotes que cada uno eligió , para confesar, (…). Los reos escucharon, atentos y resignados las exhortaciones, confesando y comulgando aquella mañana” .

En carta escrita desde la cripta a José Dolores Poyo expresa: “Vuestro amigo entregará su alma al Creador mañana a las ocho, (…). Aún continúo enfermo, pero esto no quita para que en esta hora esté con todo el vigor del hombre digno. Confío en que mis amigos y hermanos del heroico Cayo, me la consuelen y ayuden, sobre todo en la educación de mis hijos (…)” .

El día 7 a las seis de la mañana, los reos fueron conducidos a la explanada del Morro. Allí, se violó lo establecido por los códigos militares de las naciones civilizadas y las más elementales reglas de la ética y del humanismo. El resto de los prisioneros no condenados a muerte fueron obligados a presenciar el asesinato de sus compatriotas.

Cumplida la sentencia, el Capellán Párroco, Mariano López, emitió el certificado de defunción correspondiente: “(…) Que el día 7 de marzo de mil ochocientos ochenta y cinco mandé dar sepultura Eclesiástica en el Cementerio de esta Parroquia al cadáver de RAMON LEOCADIO BONACHEA, casado, de treinta y ocho años de edad y natural de Santa Clara, (…)” .

Diecinueve años después del triste día del fusilamiento, los restos de los cinco camaradas fueron exhumados. Estos se depositaron en el “Panteón de los Mártires de la Libertad” en el cementerio santiaguero de “Santa Ifigenia”, cerca del lugar donde reposa José Martí el hombre que había sentenciado: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” .

Nunca se sabrá, si Bonachea pudo haber considerado que debió haber actuado de otra manera. Quizás el sacerdote que estuvo a su lado, en sus últimos momentos, tuvo el privilegio de saberlo, pero el secreto de confesión selló sus labios. De cualquier forma, lo cierto es que murió reconciliado con el Dios que aprendió a amar y con él mismo.

Todos los cubanos que deseamos nuestra nación libre, sin arreglos, ni pactos pacifistas con los enemigos que la desdeñan, debemos rendirle todo tipo de honores a “El Hombre de Hornos de Cal”. ¡Gloria Eterna a José Ramón Leocadio Bonachea Hernández!

bonachea.jpg

Bibliografía:

Carta de Spotorno a Bonachea, citada por Casasus, Op. Cit. p. 44.

JUAN J. E. CASASÚS: Ramón Leocadio Bonachea: el jefe de la vanguardia, La Editorial Librería Martí, La Habana, 1955.

Testimonio de Guarina Bonachea, citado por Casasus, Op. Cit. p.44.

Tomado de: Villa Clara y sus luchas por la Independencia (1878-1898) de Migdalia Cabrera Cuello.

Notas:

1-Bonachea eligió al padre Marcelino Vivar.

2-La Tarde, 11 de marzo de 1885. Citado por Casasus. Op. Cit. p. 216.

3-Casasus, Juan, J. E. Op. Cit. p. 218.

4-Libro de Defunciones de San Pedro de la Roca del Morro de Santiago de Cuba, Folio 6, No 20. Citadov por Casasus, Op. Cit. p. 234.

5-“Pilar Belabal”, El Federalista, México, 5 de Marzo de 1876, t. 6, p. 420.

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