Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XXII), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpgSanta Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 14 de marzo de 2014, (FCP). La conquista de Canaán, la tierra prometida, por parte de la nación de Israel después de servir como esclavos durante 430 años en Egipto, sucedió como ejemplo de una victoria completa en Cristo para el mundo cristiano. Todo el peregrinaje de los israelitas registrado en el Antiguo Testamento, quedó allí plasmado para enseñanza de quienes vendrían a formar parte del pueblo de Dios.

Después de recibir abundantes beneficios de la misma mano del Todopoderoso, la mayoría del pueblo persistió en una conducta pecaminosa que dio al traste con la relación con Dios. Los ejemplos de la experiencia de Israel (cf. 1Co.10.1-12), comprueban que uno puede ser redimido y, sin embargo, ser rechazado por Dios debido a la persistente práctica del pecado.

Este pequeño pueblo había experimentado la gracia del Altísimo de forma extraordinaria en el éxodo, en el cual fueron perseguidos por el ejército de Faraón. Experimentaron ser rescatados de la esclavitud, bautizados y sustentados por Dios en el desierto, y a pesar de esas bendiciones espirituales dejaron de agradar a Dios, por lo que perecieron en el desierto.

Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto” (1Co.10.5), la rebeldía de la nación les condujo a la pérdida de la elección divina y por esta razón no pudieron llegar a la tierra prometida. Pablo, el apóstol, concluyó que así como Dios no toleró la idolatría, el pecado y la inmoralidad con Israel, tampoco lo hará con la Iglesia.

El terrible juicio de Dios sobre los israelitas desobedientes, sirve de ejemplo y de advertencia para que los que vivimos bajo el nuevo pacto aprendamos a apartarnos del pecado. “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos” (1Co.10.6-7).

Pablo advirtió a los cristianos de Corinto, y por tanto a los creyentes del siglo XXI, que si se dejan llevar por la infidelidad al Creador, como lo hizo Israel, ellos también recibirán su juicio y, a la postre, tampoco podrán alcanzar la tierra celestial prometida. El justo juicio de Dios es imparcial, no hace diferencia entre los creyentes del pasado y los de la actualidad.

Los israelitas, como pueblo escogido por el Altísimo, pensaron que por ser los elegidos podrían jugar impunemente con el pecado, la idolatría y la inmoralidad, y seguir bajo los beneficios de la comunión con Dios, no obstante, recibieron condenación. De la misma manera, cualquier cristiano que piense que puede vivir seguro en el pecado, también recibirá condenación.

Algunos, en el tiempo de Pablo, que creían estar más seguros que nadie, sostenían y hasta predicaban que se podía vivir con cierto grado de libertinaje respecto al pecado, que el hijo de Dios no tenía que preocuparse tanto por una vida santa. A estos dijo el apóstol: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1Co.10.12).

Los que dicen ser creyentes no deben justificar la práctica del pecado con la excusa de que son simples seres humanos imperfectos, o de que todos los nacidos de nuevo siguen con influyente debilidad pecaminosa en palabras, pensamientos y acciones. “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro.6.11).

Aunque Jesús no cometió pecado, Él se sometió a la humillación y al poder del pecado por causa del pecador (cf. 2Co.5.21), y con Su muerte, murió a la influencia del pecado, mas con Su resurrección, triunfó sobre el poder que este tenía. Por esta causa, los que están unidos con Cristo en Su muerte, están libres del poder del pecado para una vida nueva.

El peregrinaje de Israel por el desierto nos muestra el método de Dios en el proceso de depurar todo aquello que no sincronice con el carácter de Cristo en el individuo salvo. Lo triste del caso de los israelitas fue, que un viaje de unos cuantos días lo transformaron en uno de 40 años por la dureza de sus corazones y la rebeldía de sus pensamientos.

Lo que sí es seguro que Dios no dejará entrar en la tierra celestial prometida a algún individuo que no haya pasado por el proceso de santificación para la conformidad con Cristo. “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los ladrones…, heredarán el reino de Dios” (1Co.6.9).

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