Jesucristo, Nuestro Ejemplo (XXIII), Antonio Raúl Machado García.

Antonio.jpgSanta Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 14 de marzo de 2014, (FCP). Así como los israelitas tuvieron que atravesar, por un largo periodo de tiempo, un desierto y tuvieron que enfrentarse a un sin número de obstáculos, de esta misma forma también los cristianos atravesarán por situaciones similares, a través de las cuales Dios formará el carácter de Cristo en Sus hijos. Aunque no lo parezca, Dios trabaja también en circunstancias adversas.

No obstante, el Pueblo de Israel a unas pocas semanas de haber salido victorioso de la esclavitud en Egipto, se encontraba más distante de la Tierra Prometida que al principio de su peregrinación. ¿Cómo pudo ser esto posible?, parecía que nunca llegarían hasta el objetivo que el Altísimo les había encomendado.

Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche” (Ex.13.21). En un momento determinado esta nube-columna aparentemente se movió en dirección incorrecta, puesto que se dirigió hacia el sur.

Para la mente humana esto sería una clara falta del Altísimo en Su trato con dicha nación, pero cuando apreciamos todo el panorama nos podemos percatar que Dios los condujo a esos lugares para revelarles el desierto de sus corazones. Hasta el momento se habían comportado como un pueblo de dura cerviz (cf. Ex.33.3), y necesitaban de la disciplina divina.

Cuando un individuo viene a los pies de Cristo a través del nuevo nacimiento, trae consigo numerosas prácticas pecaminosas, que hasta el momento eran algo muy normal para su vida, la cual se encontraba apartada de Dios. El trato del Creador a través de este desierto será para podar todo lo nocivo al carácter de Cristo.

En este punto Jesucristo nos dejó el supremo ejemplo de la muerte en la cruz, a la cual se sometió para cumplir la voluntad de Dios el Padre (cf. Lc.22.42). Pablo, el apóstol, dijo a los filipenses: “(…), y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2.8).

Al mirar todo el peregrinaje de los israelitas por el desierto, y todas esas pruebas por las que atravesaron, podemos apreciar que era la perfecta voluntad del Todopoderoso para llevarlos a la confrontación con el estado de sus propios corazones. Nadie desea enfrentarse a estos exámenes, pero lo cierto es que es la única manera de ser transformados a Su imagen.

Aún la actitud del pueblo hacia las provisiones del Altísimo durante este viaje fue criticable, pues rápidamente comenzaron a quejarse. Ellos dijeron a Moisés: “Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos” (Nu.11.5-6).

Sucede hoy en día exactamente lo mismo con muchos feligreses de distintas denominaciones, porque cuando escuchamos tanta murmuración en las iglesias en cualquier asunto, entendemos que la mayoría no está satisfecha del todo con la provisión de Dios para sus vidas. Simplemente no están contentos con lo que tienen.

Una mente afanada e ingrata solo es capaz de ver los problemas que le aquejan y, sin embargo, no puede apreciar en toda su plenitud la gran provisión del cielo para ellos y sus allegados. Aquel pueblo quería volver a Egipto, donde le habían esclavizado, y aunque la variedad de la provisión era mayor, ellos dijeron que solo tenían maná.

Más de 1300 años después, cuando vino el Mesías, Él les dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Jn.6.51). La vida de Dios solo fluirá en un individuo al tener un encuentro de salvación con el Mesías.

Hay muchos servicios cristianos contemporáneos que se llega hasta el ridículo con tal de mantener a la gente sentada en los bancos de sus templos, ellos traen celebridades, organizan conciertos y cultos especiales. Pero Jesús dijo: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn.6.53).

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