Penurias: Opción sin reclamos, Rolando Ferrer Espinosa.

FerrerCamino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 28 de marzo de 2014, (FCP). Las penurias sin reclamo también son dignas de señalar. Al tratar de vivir lo más honradamente posible, y sobre todo, alineados al régimen por temor a represalias, se llega a sufrir en el alma, en la carne, y en el mismo tuétano de los huesos.

Bajo este sistema social nadie está seguro. No basta siquiera estar entre los que cooperan, de todas formas se corre el riesgo de ser atrapado por una de las mordazas chirriantes que llaman al combate a los más ardientes comprometidos, que de seguro ofrendarán la sangre de algún semejante, desinformado o inconforme.

La pregunta se impone: ¿Estarán seguros los de arriba? En las alturas se pierde el equilibrio con mayor facilidad, y la fuerza de gravedad es menor, al caer no se toca el suelo y los de abajo no le ven, ellos desaparecen en la niebla. Allá se puede pensar que se está cerca de Dios, intocable, y un día despierta con un cuerno de la bestia hundido en la espalda.

El sentimiento más puro de sensibilidad humana se desborda cuando somos testigos de las penurias de los más desvalidos. Quién no se compadece de los necesitados, ancianos, niños y mujeres desamparados, de los enfermos e impedidos físicos y mentales. «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…», Artículo 1 DUDH[1].

Dos seres humanos que tocan las puertas de la tercera edad, “viven” en condiciones de indigencia. Milagros Galán Hernández, de 56 años de edad, y su esposo Julio Veitía Pérez, de 67 años, son vecinos de Camino a Vegas Nuevas Nro. 31, Santa Clara, Villa Clara.

Penurias (V).1

A pesar de los pesares, y con el afán de cada día, están empeñados en llegar hasta el fin del camino. La voluntad de acero los inspira a luchar por la supervivencia, ella labora como auxiliar de limpieza en el Hospital “Arnaldo Milián Castro” de Santa Clara, y él es jubilado. Ambos recorren, a pie, diariamente el tramo desde su casa hasta el hospital, ida y vuelta.

Llevan ocho años de “vivir” en este lugar. La “casa” está en muy mal estado. Las deterioradas paredes son de retazos de maderas, zinc y otros materiales; el techo tiene prácticamente de todo, para evitar estar expuestos directamente al sol, la noche, y las inclemencias del tiempo, pero de todas formas se mojan cuando llueve.

Este habitáculo está inhabitable. Por la aparente distribución del uso del “inmueble”, tiene más o menos dos “habitaciones”, con el piso de tierra y sin baño, por lo que realizan sus necesidades fisiológicas en la manigua circundante. Poseen una cocina eléctrica destinada a la preparación de los alimentos, aunque prefieren cocinar con leña para ahorrarse el pago del consumo eléctrico.

El salario que ella devenga y la chequera del esposo no les alcanza. Expresa consternada, que apenas comen, pues la vida está muy cara, que no se compran prácticamente nada de ropas y zapatos. Es uno de sus mayores anhelos poder reconstruir su casita, con la ayudad de Dios y un pago honorable por su labor.

Su opción, sin reclamo, tampoco ha resuelto sus problemas. El siglo XXI cursa vertiginosamente, con los adelantos científico-técnicos “al servicio de la humanidad”, al contraste de los días de sus vidas, que vislumbran un ocaso ya muy próximo por la situación que padecen. ¿Entonces, de qué les vale llevar sus penurias sin reclamo.

 

Notas

 

[1]DUDH. (Declaración Universal de Derechos Humanos).

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