Tirarse con la Guagua Andando IX, Guillermo Fariñas Hernández.

Coco

 

 

La Chirusa, Santa Clara, 11 de abril del 2014, (FCP). Al lograr la realización de su segunda prioridad en cuanto a su ex-jefa, trató de cumplir su tercer y juramentado propósito. Este consistía en tratar de hacerle el mayor daño posible al Sistema Político-Social castrista, que lo había usado y abusado de su idealismo adolescente, para después rechazarlo como a un trasto viejo.

Caja Quinta observó el caos, la indiferencia, irresponsabilidad e indolencia que lo rodeaban a cada paso que daba dentro de Cuba, ya con una visión mucho más crítica que antes de ir a prisión, pues miraba todo a su alrededor como un explorador infiltrado tras las líneas enemigas. Y como bien aprendió en su vida militar, todo explorador debe buscar dos cosas: Las Fortalezas y Debilidades del adversario.

Transformó en toda una compulsión nocturna dentro de él, salir a sabotear teléfonos públicos en la ciudad de Santa Clara. Pero cuando se percató de los chequeos y la vigilancia respecto a esos instrumentos, entonces, cambió sus locaciones geográficas para operar, razón por la cual llegó a viajar hasta las ciudades de Caibarién, Cienfuegos, Placetas, Sagua la Grande y Sancti Spíritus.

Ya a los nueve meses de ejecutar la actividad saboteadora contra los teléfonos en casi toda la región central de la Isla, el defenestrado teniente coronel arribó a la conclusión de que esa manera de perjudicar a la Revolución era una misión imposible. Los aparatos represivos del gobierno estaban en función de detectar y neutralizar al grupo de saboteadores del centro de Cuba.

Todo esto frustró mucho a Caja Quinta, porque a pesar de que había logrado hacerse de una excelente cobertura anti-sospecha, el deseo de destrozar la propiedad estatal lo embargaba todas las noches. No fueron pocas las veces, donde el veterano soldado tuvo que llamarse a capítulo, porque de haber intentado dañar algún aparato de comunicación sería inmediatamente detectado y apresado.

Una de las estrategias que usó, contra quienes poseen la responsabilidad social de vigilar o reprimir a los otros, consistió en volver a formar parte, no sin dificultades, por haber estado preso, de la paramilitar Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC). Desde ese sitio pudo enterarse del seguimiento que se le realizaba “al grupo saboteador de la región central”, que era solo él.

Así fue que supo, que al frente de ese seguimiento se encontraba otro ex-Camilito y combatiente en Angola, el teniente coronel en activo Pavel Martínez, graduado en la Escuela Superior de Contra Inteligencia Militar «Comandante Aridez Estévez». Este alto oficial le solicitó personalmente a Caja Quinta que lo ayudaran a crear un grupo de apoyo. Por supuesto, “lo ayudó”.

Durante las orientaciones que les daba Pavel al Grupo de Apoyo, formado at hoc (al efecto) por antiguos veteranos, para intentar identificar a los ejecutores de los sabotajes, el auténtico responsable le realizaba con discreción importantes preguntas. La más importante de estas era la siguiente: ¿Por qué ustedes creen que es un grupo y no una persona en solitario?

Y siempre recibía la misma respuesta: «Debe ser todo un grupo muy bien estructurado, porque los modus operandis se repiten en municipios o provincias distintas y distantes, muy difícil de cubrir con la mala situación del transporte público y para que sea una sola persona debe poseer un medio de transporte personal, y no se ha detectado nada al respecto».

Tras todo esto, él se frustró al no poder dañar más a la Economía Socialista, pero también se puso a meditar y determinó no pararse bajo ningún concepto. Caja Quinta entendió y sobretodo se convenció a sí mismo, que para continuar en esta riesgosa actuación lo esencial consistía en diversificar los sabotajes y lo importante era crear la duda respecto a ¿si el daño era intencional o no?

Como asegura el popular refrán: “ardió Troya”, pues de pronto los sabotajes ejecutados por Caja Quinta, con facilidad se podían confundir con negligencias, manejos incorrectos y hasta olvidos de los responsables respectivos. De este modo fue que se reventaron calderas de presión, se poncharon neumáticos de medios de transporte y se fundieron motores de automóviles, entre muchas otras cosas.

Sin embargo, Caja Quinta en su intimidad se sintió realizado en el marasmo de la metodología que él creó para humillar al castrismo, llegó a inventar cerca de 18 tipos de sabotajes. Internamente se sentía orgulloso de su principal logro, que era verter un químico con una base de ácido de acumuladores, cloro y algo más, a motores de vehículos estatales, que jamás volvían a funcionar.

Seguía, con sistematicidad casi religiosa, su Whu Shu, sus ideales y accionar clandestino, a la espera del futuro cambio para desatar su odio hacia la sociedad. Se mantenía alerta y sin dejar de hacer sabotajes e informado del acontecer opositor interno, siempre a través de su antiguo condiscípulo de Los Camilitos, al cual consideraba un ingenuo, pues aspiraba a negociar con los castristas en el poder.

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