El Gran Forjador (Segunda Parte y Final), José Luis León Pérez.

Leon

El Gigante, Santa Clara, Villa Clara, 6 de junio de 2014, (FCP). En el 95, Martí, fue como un hábil ingeniero que traza cuidadosamente los planos del gran edificio, extiende sus cálculos y sus estudios. No solo crea el Partido Revolucionario Cubano (PRC), encargado de educar y levantar al pueblo para la Revolución, sino que el mismo Martí queda investido del alto prestigio directivo, que resultó el título modesto de Delegado Nacional.

Este cargo encubre las más poderosas atribuciones y facultades reforzadas con un formidable ascendiente moral, tal como Moisés infalible con Las Tablas de la Ley en lo alto. Todo descansaba en él. Indisolublemente queda asentada únicamente en la integridad, crédito y aciertos infalibles del Delegado propuesto.

Ciertamente con una Asamblea Popular de colaboradores y sutiles distinciones de poderes, se hubiera restado fuerza a la obra luminosa del tribuno. Y de esta manera todo hubiese acabado entre las revueltas o sorbos de los clubes… ¡Cuán distinto sucedió de todo esto!

Por José Martí y Pérez surge la revolución de 1895 con una organización completa. Pero el jefe supremo, tuvo que enfrentar previsoramente con problemas raciales, de procedencia (peninsular o criolla), de preeminencia o antagonismo personales o regionales (características del 68), y hasta con el problema anexionista.

En una carta a su eterno amigo Fermín Valdés Domínguez, comenta: «No es posible que dos razas no homogéneas, existan en condiciones de igualdad práctica bajo un mismo gobierno», y señala los elementos funestos que como gusanos en la sangre han comenzado su labor dañosa en la Gran Nación.

La Revolución del 95 resultó tan intensa, debido al conocimiento perfecto que tuvo su inspirador sobre los problemas a desentrañar. Pero la obra de Martí no fue sólo la reflexión, sino también la voluntad.

Las revoluciones definitivas no se hacen desde “arriba”, desde las clases más favorecidas, de gestos estudiados o togas académicas. Por esta razón hay que irle al toro como el carnicero al sacrificio, «con camisa corta y puñal en mano», a la libertad tampoco se va en coche.

Por espíritu de nuestra raza necesitamos en lo público, hombres capaces de concebir lo nuevo y construir. En esto estriba a la vista, la cualidad fundamental del Conductor: en la energía creadora, la misma que en otro orden de relaciones de la estructura íntima del artista o del científico.

Únanse a ese distintivo personal, para dar al hombre, los atributos de razón y virtud práctica que dejan la reputación moral a salvo de toda mancilla empequeñecedora.

Cuando se haga, se tendrá el retrato intenso y bien perfilado de Martí: el equilibrio de la mente, la acción y la voluntad. Asimismo, el respeto a la opinión y la honorabilidad de los demás, la laboriosidad incansable, la honradez acrisolada, la reflexión madura, el fervor de la causa que se mantiene, la tenacidad…

En resumen, todas las antedichas condiciones: el consorcio de raras facultades que en los planos abstractos avaloran al genial pensador y en los de la adaptación de la sociedad a superiores desenvolvimientos de la vida, da la talla descollante del Creador.

Martí no fue un inútil soñador, y dista lo infinito de su voz romántica o de un utópico. Se ve en el cosmos superior, hecho de pensamiento, moral y acción en una sola pieza, que contempla la realidad del presente y la del porvenir. Se adelanta a la obra de los destinos con una valoración perfecta de medios y recursos y un poder de voluntad vencedora o si se quiere, incontenible.

Sin privarle de una facultad de discernimiento ilimitada, lo lleva, no obstante, por el impulso de sus Ideas-Fuerza, a esa inmolación cruenta que hace a los Prometeos, o a los mártires redentores, en la lucha no siempre acertada de los siglos por el encubrimiento del tipo humano hacia la idealidad.

Martí

Nada vano en su rostro, ni de carne

sedosa morbidez. Ni en su mirada

el brillo rutilante de la estrella…

Para alojar su mente extraordinaria

la imprescindible conjunción de huesos:

estuche de marfil, con piel rosada–

Con la sencilla forma de lo austero

y no obstante, ¡qué día claro y limpio

el claro de su frente abierta y ancha,

trasiego de la luz, hecho de intento

para arrojarla al mundo transformada,

la esencia aquilatada de lo útil

creando un belleza sobrehumana!

y la santa humildad que se receta.

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