Hojas sueltas: continúa la investigación, Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 23 de mayo de 2014, (FCP). El elemento psicológico dentro del Proceso de Instrucción e Interrogatorios, es decisivo. La vinculación del ambiente a la mente del encartado, y su relación con la investigación, ocurre sin que el detenido se percate, aunque se tenga algún nivel de conocimientos al respecto, pues la actual situación compromete todos los sentidos hacia una finalidad, salir de allí.

Está previsto que los investigados aprecien un ambiente jurídico penal. Los pasillos y los cuartos de interrogatorio tienen una terminación constructiva que se asemeja a las salas de los tribunales, para inducir el temor psicológico de que se es un acusado. El buró del interrogador, al igual que el estrado de los tribunales, está mucho más alto que la silla donde se sienta el detenido, se le hace saber así, que están por encima de usted y que tienen el poder.

La psicología natural del actuar ante determinadas situaciones, traiciona al reo. En ocasiones se reacciona de forma mecánica, sin procesar la información en el cerebro, es un dispositivo humano de defensa ante la agresión externa donde se requiere de una rápida respuesta. Entonces caemos, sin pretenderlo, en el juego planteado por el interrogador.

Había comenzado un estudio de mis lados fuertes y débiles. La amenaza de altas sanciones no reflejaba preocupación en mí, por lo que cambiaron al tema de mis familiares y amistades. Al parecer arribaron a conclusiones de que el asunto de la familia podría ser la clave para desmoronarme y obtener la deseada declaración.

Realmente la posibilidad de ser condenado por largos años de prisión sí me consternaba, pero hice un gran esfuerzo de concentración y oculté este sentimiento. Pensaba en mi hija lejos de mí, en la necesidad de apoyo y de una guía para su orientación en la vida, lo cual no podría hacer desde la prisión. Me iba a perder verla crecer y hasta de conformar su familia.

De los amigos me preocupaba que fueran sancionados también. La realidad era una, ya estaba preso y de seguro con una causa en curso, entonces para qué permitir que mis hermanos de causa tuvieran un final similar. Declaraba sin cansancio que era el único responsable, intelectual y ejecutivamente, que ellos fueron inducidos por mí para conformar la asociación independiente.

Para mi hija era un ídolo, su caballo de batalla, quien le resolvía sus problemas, cómo fallarle. Cada siete días se me autorizaba una visita de 15 minutos, con supervisión de un instructor para evitar que se tratara sobre el caso, casi siempre venía mi madre. El instructor nombrado Darlin, con grados de mayor, me dijo que traerían a mi hija para que la viera, a lo cual accedí.

Se presentó en la celda el instructor, Mayor Alfonso, para pedir la autorización y pasar a la madre de mi hija a que me viera. Luego de razonar, comprendí que algo turbio había detrás de esta visita, pues no existía vínculo alguno entre ella y yo, todo lo contrario, además de que su posición política era radical y bien comunista, sin dudas algo se planeó, y no acepté.

Al siguiente día me dijeron que me afeitara y preparara para una sorpresa. Acompañado por el entonces capitán Jorge Luis, recibí la visita de mi niña de 13 años, que se me abrazó al cuello y sentada en mis piernas, no dejaba de llorar, me miraba como quien inspecciona para ver en detalles si en realidad era yo. Casi no pude articular palabras…

El amor por mi hija fue constatado por los represores, y se dispusieron a utilizarlo en los interrogatorios. Trataron de hacerme responsable del sufrimiento de mis familiares, incluido el de mi hija, me dijeron que la niña estaba bajo tratamiento con el psicólogo por mi causa, que lloraba constantemente y no quería ir a la escuela, que nunca más sería igual para ella, gracias a mí.

Más adelante, al pasar de instrucción para la prisión, me contó mi pequeña que aquel día le habían dicho horrores de mí. Los instructores le dijeron que yo había traicionado a la revolución y que rebelé secretos a sus adversarios políticos, que ellos querían ayudarme, pero que yo no me dejaba, que me aconsejara hablar y todo se arreglaría, o me esperaban muchos años de cárcel.

La Seguridad del Estado trató de utilizar el amor de un padre por su hija para lograr sus fines. Sin importar las secuelas psicológicas en la menor, le crearon una situación conflictiva emocional vinculada a su padre, para lo cual hasta mintieron. Los hoy tenientes coroneles relacionados en la historia, son ejemplo del actuar de estos órganos represivos.

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