Hojas Sueltas: De Instrucción a la Pendiente, Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 30 de mayo de 2014, (FCP). El 5 de septiembre del 2000, soy trasladado para la Prisión Provincial conocida popularmente como “La Pendiente”. Aproximadamente a las seis de la tarde, se abre la escotilla de la puerta de la celda y se asoma el guardia de turno, para ordenar que me aliste para salir de la misma. El hecho de dejar el reducido espacio y caminar por los pasillos nuevamente, proporciona una sensación de alivio.

Con la toalla y los artículos de aseo personal en las manos esposadas, desandamos los pasillos de tantas puertas. Escoltado por el carcelero y un técnico investigador llegamos a una puerta que al abrirla dio paso a la luz natural de una tarde ya decadente. Mis ojos y cada uno de mis sentidos recibieron la bendición del contacto directo con la naturaleza.

Aquella era la misma puerta de los trucos, simulada y de escaso uso. Afuera nos esperaba el auto patrullero de Seguridad del Estado. Entonces salí de la incertidumbre, iba a ser trasladado hacia algún lugar de forma definitiva, porque había recogido mis escasas pertenencias. El auto tomó la Circunvalación Norte rumbo a la prisión.

Luego de una instantánea parada de identificación en la puerta principal del complejo de prisiones, nos dirigimos al fondo. Allí estaba, con sus esbeltos muros de más de cuatro metros de altura y las innumerables garitas de los expectantes centinelas, la que sería mi morada.

Se realizó el chequeo y control de la documentación entre los militares dentro de lo que se conocía como el local del Oficial de Guardia en la Pendiente. Se hacía entrega de un medio básico, igual que un objeto inanimado en relación con los derechos y las potestades que distinguen a un ser humano.

Algunos reclusos limpiaban las áreas verdes, las calles y recogían la basura. Ellos me vieron descender del temido auto de dos tonos, entonces miraban con curiosidad al recién llegado, sus ojos me interpelaban ávidos de conocer ¿Quién era? ¿Por qué estaba preso?, pero los militares les indicaron que se alejaran, lo que hicieron sin demora.

La Pendiente cuenta con dos edificaciones principales, de dos plantas, ubicadas paralelamente y unidas por el centro, que da una forma de H a la construcción. En torno a las edificaciones las rodea una carretera, con acceso hacia la Prisión de Jóvenes por el fondo, y salida para la calle ‒frente a la fábrica conocida como Planta Mecánica‒ por el frente de la misma.

Me encontraba en el preciso instante que marcaba la diferencia, hacia dentro rejas, gruesas barras de acero y puertas con láminas impenetrables, y el elemento enlace entre la pérdida de la libertad y la libertad, el macabro e insidioso candado. Hacia afuera, todo era fácil, natural y cotidiano, hasta una sonrisa flotaba en el aire.

Hacia dentro la oscuridad envuelta en la incertidumbre. Se podía escuchar el quejoso lamento del infortunio, sintetizado en las tantas historias de aquel recinto donde los hombres se convierten en bestias. Hacia afuera, el sol, el jardín con sus flores, y hasta los militares con los uniformes aseados y planchados.

De dentro un fuerte olor oscuro que hacía el aire más pesado, vapores de cuerpos que buscan la salida a la libertad. Afuera la brisa suave que acaricia la cara de la madre y los hijos del prisionero, el olor mañanero del césped húmedo, en el armonioso encuentro del verde de las plantas con el brillo del astro rey.

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