Hojas sueltas: Instrucción de Seguridad del Estado, Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 16 de mayo de 2014, (FCP). Lo primero es siempre el llenado de la ficha biográfica. Al llegar a Instrucción de Seguridad del Estado, los detenidos son obligados a aportar los datos oficiales de identificación personal, así como las huellas de sus dedos y manos, fotosdesde distintas posiciones y ángulos, y las muestras caligráficas de escritura.

El acceso a los calabozos es totalmente impresionante. Existe una entrada destinada solo para recibir a los detenidos, por un lateral que nadie usa, únicamente los carceleros con los reos. Todo era nuevo para mí. Comenzaron a abrir y cerrar puertas por pasillos estrechos y largos, que me hicieron perder la noción de la ubicación exacta de dónde estaba.

Finalmente se me asigna la celda número cinco. Con las manos cruzadas en la espalda me indicaron detenerme frente a una puerta de hierro. Estaba en un salón con muchas puertas iguales, todas cerradas. Se presentaron otros dos militares uniformados que me efectuaron un cacheo violento, me golpearon en los tobillos con sus botas y en la cara contra la pared.

Se vuelve a escuchar la voz del carcelero. Este me dice que a partir de este momento respondo por un número, el 510, que debo ser receptivo con lo que se me ordene y cumplir con las normas del lugar. Con una sonrisa “de buena persona”, alega que de seguro todo saldrá bien, solo debo aclarar las cosas y me iría rápido.

El solo hecho de estar encerrado allí, ya era una tortura física. La celda era pequeña, el piso por debajo del nivel del pasillo, con una litera de metal doble, la “colchoneta” con el forro de una lona dura y áspera, con poco relleno. El calor del lugar era asombroso, en cualquier horario había la misma temperatura, sofocante, que me hacía estar siempre con poca ropa y abundante sudor.

Lo primero fue el tratar de obtener información con el empleo de otros “detenidos”. En la celda me recibe un supuesto lanchero que había sido cogido cuando entraba a buscar personas, casualmente también había sido militar y se desmovilizó por solicitud propia; entonces comienza la indagación sobre mi situación, y orientaciones de lo que supuestamente debo hacer.

Además de este lanchero, compartí el encierro con otros prisioneros de características similares. Los que pasaron por mi celda, estaban de tres a cuatro días, todos relacionados con salidas ilegales, me contaban su historia y se disponían a escuchar la mía, siempre se denotaba la certeza del conocimiento sobre cómo salir bien del problema.

En otras celdas había personas vinculadas a mi caso. Ramón Herrera Corcho también era procesado en el mismo expediente, y por medio de claves escritas en la pared del solero, nos comunicábamos. Siempre afirmábamos que no podíamos aceptar ninguna responsabilidad de comisión de delitos, no firmar ningún documento.

Nunca respondí por el número que se me asignó. El carcelero abría la puerta y decía: ‒510, el 510, cuál de ustedes es el 510‒, entonces la otra persona decía su número, solo quedaba yo, y encaraba la situación; le refería al militar que yo tenía mi nombre y que si no me llamaba por él, simplemente no contestaría, y así lo hice.

El objetivo de cambiar el nombre por un número, es psicológico. Se trata de destruir tus puntos de vista, de hacerte sentir que ya no eres una persona, que de pronto todo cambió, que estás a merced de la situación y que dependes de aquellos, que no eres nada, entonces debes obedecer y seguir las instrucciones de los que mandan, para volver a recuperar tu identidad.

Los interrogatorios eran constantes e intensivos, combinados con otras estrategias. Me solicitaban para ser interrogado en cualquier horario, por la mañana, por el medio día, por la tarde, por la noche, y hasta por la madrugada, en ocasiones varias veces seguidas en el mismo día. Otras ocasiones me dejaban por dos o tres días sin interrogarme.

Llegó el momento en que yo no sabía si era de noche o de día. El desarrollo de las actividades propias del lugar me hacía pensar que era de día, cuando realmente era de noche, y viceversa, tenía una gran confusión en ese sentido, por lo que decidí esclarecerme. Comencé a rechazar alimentarme y a la vez negaba estar en huelga de hambre, rápidamente todo volvió a la normalidad con los horarios.

Se emplearon todos los métodos psicológicos para tratar de doblegarme y que aceptara los cargos escogidos por los jefes para mí. Fui interrogado por un instructor, por dos, y hasta por tres a la vez, que se combinaban para hacer de buenos y malos, con presiones psicológicas y amenazas que me involucraron en serios cargos, e implicaciones para mis familiares y otras personas.

A pesar de que trataba de que no lo notaran, aquello me parecía una eternidad, que nunca acabaría. Los más de dos meses que llevaba allí, me tenían desestabilizado de mi estado mental, daba cualquier cosa por salir de aquella situación tan agobiante, casi no podía ni dormir, pero empeñaba mi voluntad en no rendirme aunque me costara la vida.

Los cargos en que pretendían vincularme eran serios, con largas condenas, que incluían hasta la pena de muerte. Aunque se esté consiente de no haber cometido el delito, recibir la amenaza por los instructores de la Seguridad del Estado, es a tener en cuenta, pues ellos te hacen ver, de que al final se hace lo necesario para sancionarte como quieren, nada que hacer.

Para que se tenga una idea de la presión gubernamental y la voluntad a la que tuve que hacer uso, les cuento, que decían que yo había sido orientado por el FBI americano o la CIA, en las Bahamas. Solo a pelotas y voluntad, de acero, se podía salir de aquella situación.

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