Hojas Sueltas: Pendiente a Juicio Oral (Primera parte), Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 6 de junio de 2014, (FCP). Ya dentro del penal se me entregó lo que simulaba a una colchoneta y un tablero de madera. Esta parte móvil de lo que sería mi cama estaba escasa de relleno, y al levantarlo del piso todo su contenido se unió en un extremo de la bolsa de saco de nylon blanco, que por cierto lo encerrado en aquella funda era esponja de mar aún mojada y con piedras.

El entablado de madera que suplía la función de bastidor del lecho para dormir, contaba con solo cuatro tablas a lo largo, espaciadas entre cinco a diez centímetros una de otra, y transversalmente en cada extremo dos listones que las unía. Constituye un verdadero castigo pernoctar en estas condiciones.

Inicialmente fui ubicado en una celda denominada como el depósito. Allí son situados los reos temporalmente hasta que le asignan su puesto definitivo, acorde con sus características legales. Había alrededor de 12 reclusos, por diversas causas. Uno de ellos lloraba lamentándose de estar recluido y decía que se quitaría la vida porque no soportaba aquello.

Aquel lugar era de mucho movimiento, unos que llegaban de la calle o de instrucción policial y otros que salían para otros destacamentos. El ambiente reflejaba la intriga y la desconfianza de los temerosos en busca de posibles enemigos entre los presentes. Los reincidentes en el brete recibían mensajes de sus amigos y enemigos, pertrechándose para el combate.

En una ocasión trajeron a un señor, al parecer directo de la calle, que estaba requisitoriado y lo detuvieron en plena faena de trabajo. Este era chapeador de vías rurales y no lo cachearon, por lo que entró con un saco donde traía dos machetes, una lima para afilar y garabatos de acero. Alguien informó a la guarnición y lo sacaron por la fuerza, que nunca más se supo del mismo.

Los primeros días son los más difíciles. Acaecía algo nuevo para mí, y debía adaptarme al régimen de horarios, a la convivencia con personas diferentes y de carácter voluble, asimismo al trato despectivo e irrespetuoso de los militares, que actúan como si no fuéramos seres humanos los que estábamos recluidos.

En el proceso de adaptación también estaba incluido el sueño. Lograba quedarme dormido, vencido por el cansancio del cuerpo luego de horas de mucho pensar, tenía varias preocupaciones: De cómo estaría la familia, sobre los temas acusatorios que trataron los instructores, ¿qué tiempo estaría prisionero?, ¿cómo salir de esta situación?

Apenas y me quedaba dormido, cuando despertaba bruscamente por algún altercado entre los allí procesados, o por la intromisión de algún militar al llamar a alguien, o por la traumática ordenanza de «¡el Recuento!». El sueño reparador que hace descansar todo el organismo es imposible, pues se duerme por intervalos de tiempo.

Transcurrieron cinco días en que dormí sin corcha ni sabanas, a merced del frio de las noches, encima de aquella “colchoneta” húmeda y sucia, con sólo la ropa que traía puesta y sin un suplemento de alimentación. Mi familia pudo verme al cabo de ese tiempo y llevarme lo que con más urgencia necesitaba.

Rápidamente me lo hicieron saber los mismos sicarios, la orden era clara y precisa respecto a mi persona. La Seguridad del Estado ordenó: «cien pa bajo con él», y todo estaba dispuesto para que así fuera, que esto incluía obstaculizar el contacto con la familia y que pasara el mayor trabajo posible dentro de la prisión.

A los 12 días de estar en el depósito, fui trasladado para el Destacamento #1. Por medio de los familiares de los reclusos avisé a mi familia del programa de visitas y la fecha en que debían venir. Ese propio día, en horas tempranas de la mañana me trasladaron para el Destacamento #9, que tenía otra planificación, y a mis familiares se les negó verme, expresándoles rotundamente que debían venir el día en que le correspondía a mi nuevo destacamento.

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