Ciudad (In) Graffiteada, Héctor Darío Reyes.

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Vigía Sur, Santa Clara, Villa Clara, 20 de junio de 2014, (FCP). La cultura del graffiti es una muestra contemporánea del arte urbano. Conceptual, militante; lleva intrínseco el presupuesto de un mensaje, un reclamo o una autopromoción en esta era de la industria publicitaria.

Su aparición está relacionada con el arte pop norteamericano, cuando en plena etapa hippie se hacían llamados al cambio bajo los preceptos de Paz, Amor, y Libertad. Las subculturas de los bajos fondos neoyorquinos la hicieron suya como arma en la lucha interracial llevada a cabo en la década del 70’.

Con el arribo de los 80’, en pleno apogeo de la industria discográfica, una furia del graffiti, comenzó a aparecer reflejado en el Metro de New York. Realizada “al spray”, la muestra del arte urbano y callejero rompía con el academicismo que jugaba con formas y contenidos, no siempre casuales.

El concepto de la competiciónse podría denominar como un factor común en todos los grafiteros. Captar la atención de los usuarios del “metro”, así como de los escritores rivales, desarrolló recursos que impresionaron por su originalidad o por resaltar sobre el resto. Con presupuestos artísticos o comerciales, este estilo evolucionó en poco tiempo y de manera inconsciente.

Tal fue el grado de intervención de estos diseños de la plástica en los vagones, que hoy nadie puede relatar la historia del metro neoyorquino sin dedicar un capítulo a sus grafiti. Sin embargo, actualmente en todas las rutas de transporte urbano y en muchas calles, se ven exponentes de algo que quisiera parecerse al importante y conceptual graffiti, pero sin atinarle.

Una “sub-subcultura” con nada de arte. Que lejos de comunicar un concepto y/o ideología determinada, más bien afea el entorno del transporte urbano. Guaguas, las rutas más importantes de la ciudad y hasta rutas suburbanas, como la 3 y “La Minerva” son muestras observables de: TITO EL MENOR DE LA VIGÍA; YUSMEL EL CHICO RETRO DEL CONDAO.

Estos carteles escritos (o mejor dicho, rayados en las paredes metálicas o en los plásticos asientos de los ómnibus) “brillan” por la ausencia de la ortografía, y exponen el déficit existente del conocimiento de la lengua materna por gran parte de nuestra juventud.

Además son obscenas muestras de un intento de reflejar “algo” aún no determinado y sin importancia, tanto para el que escribe como para el obligado lector momentáneo. Dejo claro que no sólo me refiero a las llamadas pseudo galerías rodantes, estas existen en cuanto sitio o pared que tenga el tamaño necesario para escribir cualquier cosa, por banal que sea.

Ejemplo de ello es el chapuceado en el mismísimo monumento, de la Loma del Capiro, o aquel que destruye la labor muralística llevada a cabo en la Carretera Central por los colegas caricaturistas de Melaíto. Otro, diferente, comienza a dar muestra en el callejón Padre Chao, entre el Hotel Santa Clara Libre y la Casa de Cultura, que muestra otra óptica graffitera, más centrada en códigos de culturas urbanas como el hip-hop y el rock.

Este paso urbano pudiera desempeñarse como mural expositivo del buen quehacer en el arte del graffiti si alguien plantea el proyecto. Recuerdo ahora aquel refrán de que el papel aguanta cualquier cosa que le escriban; y algunas paredes y guaguas, también.

Latinoamérica no estuvo exenta de la realización del arte graffiti. Interesantes y de calidad, se han encontrado, tanto en Cuba, como en los más remotos sitios de la realidad latinoamericana. Así lo expone Eduardo Galeano en su “Libro de los Abrazos”, con una importante compilación del verdadero grafiti sudaca.

No es lo mismo observar, a la entrada de Santiago de Cuba, en grandes letras que testimonian: ¡COMO GASTO PAREDES RECORDANDOTE! O, LINA, CARLOS AUN TE BUSCA, escrito furtivamente en una céntrica calle del Vedado. Que entrar a una ruta 3, bajo el calor del verano, para leer: EL CHINO, EL REVOLTOSO DEL CHAMBERÍ. Algo nada artístico, ni social, ni alternativo. Es chapucería.

Santa Clara se perfila por sí misma como una ciudad interactiva, fusionadora de estilos, géneros y movimientos. A opinión de algunos, bien pudiera convertirse esta ciudad en un extenso graffiti, como otras ciudades han sido declaradas murales, artesanales o museos.

Buen trecho han de correr los graffiteros del centro para proponer este sueño; y comenzar por lo pronto por conducir su labor plástica por derroteros distintos. Buen apoyo necesita de sordas instituciones culturales y gubernamentales que, lejos de apoyar la causa, los acusa de «criminalidad callejera» ¡A grafiteros!

Pero vestirla no de las chapucerías enunciantes de personalidades adolescentes necesitadas de reconocimiento y autoestima. Además, los buenos grafitis se hacen con paciencia, con la buena dote de talento, y sugerentemente con spray; de los que venden a 3,50 CUC en la shoping, no arañando superficies en determinados sitios y materiales de la propiedad social.

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