Hojas Sueltas: Pendiente a Juicio Oral (Cuarta parte), Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 27 de junio de 2014, (FCP). En el recuento de las seis de la mañana los militares mencionaron mi nombre. La comitiva que conforma la guardia se retira y un combatiente con mi ficha en mano dice: «Arriba Rolando Ferrer Espinosa para ir a la enfermería». Fui escoltado hasta el consultorio de la prisión, después de pasar las tantas puertas y candados.

Me recibió una enfermera de unos 40 años de edad. Indicó que me sentara en una banqueta de aquel local. Con la observación sobre mí, buscó afanosamente en su bolso una agenda. En alta voz leyó el nombre de mi esposa y refirió la dirección de su domicilio. Acto seguido, me dijo que mi cónyuge era un posible caso de VIH.

Explicó la asistente, que los análisis de sangre para VIH que se realizó mi compañera, le dieron alterados. Por lo tanto era necesario repetirme el estudio para descartar o no posible infección. Comenzó a decirme que en caso de resultar positivo, me aislarían primero, para luego pasarme a la prisión de los enfermos con este padecimiento.

Durante la conversación con la sanitaria, esta me comunicó que era Encuestadora del policlínico Santa Clara, al cual pertenecía mi mujer. Ella me atendería por el tiempo de investigación, por lo que la vería en otras ocasiones. Que estaba suspendido el Pabellón Conyugal, hasta tanto no se determinara la situación en detalles.

Extendí mi brazo para la extracción de sangre. El enfermero del penal apretó la liga y luego de elegir la vena, obtuvo su muestra. En realidad yo no sentí nada, ni el pinchazo, ni la aguja, que era de las más voluminosas. Mi mente y mi cuerpo estaban como entumecidos, todo era muy confuso y no podía procesar lo que sucedía. Había quedado en verdadero shock.

Llegué al destacamento preocupado. No podía sacar de mis sentidos las palabras de aquella señora. Entonces entraba en conflicto interno, con pensamientos que me desgarraban el alma. ¿Cómo habría adquirido mi pareja esa enfermedad? ¡Todos los caminos llegan a Roma! Hay una sola vía de contagio, ‒pero ella no, ella no es capaz de traicionarme.

Así pasé horas de profunda meditación. En ocasiones aceptaba la posibilidad humana del error, y que por diversas razones algo hubiera sucedido. Al final entendía que no podría ser, mi corazón me decía que ella me quería lo suficiente y que su forma de ser no le permitiría una conducta impropia, de seguro terminaba la relación primero que la infidelidad.

La conclusión era obvia. Cómo olvidar a mis amigos los sicarios, los perros sabuesos que tanto me odian. De seguro ellos estaban detrás de todo esto. Era más fácil que esta gentuza jugara sucio, a que mi esposa me engañara y contrajera una enfermedad de transmisión sexual. Además, qué casualidad tan inconveniente para mí. Qué tan a propósito para la Seguridad del Estado.

Al entrar al salón de visitas, mi señora se me abalanzó a puro llanto. Sus palabras y su conducta me reafirmaban la hipótesis de que estaba ante una medida de la Contra Inteligencia. Dejé de preocuparme y le orienté cómo y dónde repetirse los análisis, así como otras cosas que debía hacer. Ya era de nuevo yo. Había recuperado mi vida.

Llegó el encuentro con la Encuestadora. Ella me miraba con los ojos que se le querían salir de sus orbitas, cambiaba de colores y enmudeció, cuando le dije: Mire señora yo soy abogado, le informo que usted está cometiendo un delito, bajo el amparo de la Seguridad del Estado, pero yo la voy a acusar mediante mi familia, ya lo tengo todo preparado y se las verá fea, pues tengo las pruebas en su contra, así que termine con esta payasada que la van a embarcar.

Ella salió del puesto médico y un combatiente me llevó para el destacamento. Nunca más se me habló de los análisis. Mi esposa obtuvo por otra vía los resultados de sus exámenes, todo normal, Cuando correspondió comenzamos los pabellones conyugales. Mi familia buscó a la Encuestadora en el policlínico y no apareció, se la tragó el sistema.

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