Hojas Sueltas: Pendiente a Juicio Oral (Tercera parte), Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 20 de junio de 2014, (FCP). El tiempo transcurre lentamente. Cada minuto pesa como plomo, y organicé mentalmente, en lo posible, la distribución del período que me había tocado vivir. En concordancia con los horarios establecidos por la prisión realicé mi plan personal, con pequeñas metas a alcanzar, a corto, mediano y largo plazo.

Coroné con éxito, mayormente algunos planes inmediatos. Los demás fallidos los posponía con una nueva estrategia para probar su realización, y así mi rival, el tiempo, irremediablemente se doblegaba ante mi empeño. A esto se complementaba la espera por el día de visita, donde podía ver la familia y obtener información del mundo exterior.

Era una verdadera agonía la presión psicológica que tenía. Una tras otra situación pasaba por mi cabeza, como películas sin final, en ocasiones se entremezclaban los escenarios de las abrumadoras problemáticas, entonces escribía en busca de descifrar los enigmas puestos ante mí, así, al menos soñaba con definiciones y resultados.

Por un lado estaban las nebulosas del caso, de cómo terminaría, qué me preparaban los sabuesos. De todas formas estaba alerta ante cualquier incidencia, y esperaba por la “dichosa” Petición Fiscal, ‒por la oficial‒, donde se abriría el juego de la Seguridad del Estado en mi contra, y sabría a qué atenerme.

Al parecer no todo se logró confabular en mi contra. El recluso encargado de la disciplina, designado por la guarnición, un matón sin escrúpulos, residía en el Reparto Vigía, en Santa Clara y me conocía, aunque públicamente lo disimuló. Este me hizo saber que le habían orientado velarme, y de ser posible, que se perdieran mis pertenencias, así como darme una golpiza.

La vida de la prisión es difícil, y el mencionado encargado de la disciplina murió trágicamente sin saborear la libertad. Aunque no le hago honores, simplemente le doy las gracias, Ibaebayentonu (descanse en paz). La realidad es el momento, en un instante todo ocurre y todo puede terminar, también la vida. Aquí se aprende esta lección.

Un día en la piel de un recluso es indescriptible. Conjuntamente al hecho de estar privado de libertad, apartado del mundo real, se adquiere un estado del inconsciente en consciente alerta. En un instante se forma un problema, en breve todo es algarabía, los lesionados por un lado y las huestes a golpes con los internos por otro. La inseguridad te invade.

En mi yo interior era un prisionero. Hablaba conmigo, me aconsejaba. Trataba que la parte sucia y fea no calara mi alma. Yo era mi protección. Me aferraba a la idea de no haber cometido delito. En algún momento escucharía la voz de un militar con mi nombre para salir de allí, y sin pretenderlo, estaba pendiente de las chirriantes puertas del pasillo.

Una mañana, por una brecha de la pared, pude ver al entonces Mayor Carlos Fidel instructor de la Seguridad del Estado. Corrí hacia la parte trasera del destacamento, que tenía vista para la calle interior de la pendiente, y lo llamé. Este se acercó y me dijo que no había nada todavía, que de La Habana era que decidían lo que se iba a hacer, si me acusaban o no.

El tema de las visitas era complejo. Primero se desea el estar con la familia. Disfrutar sus charlas y anécdotas, aunque para ello se sufre desde varias horas antes: las exhaustivas requisas, las amenazas, los insultos, las vejaciones, la prolongada estancia en el túnel… Al finalizar la culpa te mata. Porque los familiares sufren faltas al respeto y maltratos de los guardias. Además, de la repetición a la inversa del sufrido chequeo a los reos, pero más riguroso.

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