La triada del control social: Tener los odios a flor de piel, Guillermo Fariñas Hernández.

Coco

La Chirusa, Santa Clara, 20 de junio del 2014, (FCP). El otro sentimiento con que el castrismo logra retardar una inminente explosión social, no es otro que el odio. Un sentir que confunde a la ciudadanía y evita que los cada vez más inconformes cubanos, no sepan culpar de sus frustraciones a quienes los (des)gobiernan y se enfrasquen en localizar la esencia de sus males en lugares inadecuados.

La exacerbación de los odios entre los distintos segmentos que componen a la sociedad cubana es una maniobra maquiavélica y alevosamente planificada. Pues el poder se sustenta en mantener a los cubanos y cubanas paralizados por el antes descrito sentimiento de terror, mientras que estén entretenidos mediante los rencores mutuos.

Algo esencial en este actuar, precisamente en aquellos que detentan el poder político, es alcanzar que las disimiles capas del entramado social que componen a la Nación contemporánea se perciban como enemigos y jamás, cuales aliados. La nomenklatura del castrismo aplica, desde hace 55 años, la máxima del Imperio Romano: “Divide y vencerás”.

Porque mientras las diferentes fracciones de los que conviven en este Archipiélago, se dediquen a aborrecerse entre sí, entonces, tendrán menos espacios para emplearse en enfrentar a los verdaderos y únicos responsables de sus cotidianas desgracias: los gobernantes. Por eso es que se hace imprescindible que las disimiles porciones sociales se enfrenten entre ellas.

Precisamente ellos, los gobernantes, necesitan tener desenfocados a los cubanos en cuanto a la pregunta clave, para que nadie los desafíe: ¿A quién me tengo que enfrentar primero? Eso es lo primordial en el juego por la manutención del poder político, donde la respuesta de la mayoría de los ciudadanos sea confrontar a todos… menos a aquellos que gobiernan.

De ahí han surgido pulseos y enfrentamientos muy representativos e históricos entre las distintas facciones que conforman a la sociedad cubana y por ende, a la opinión pública nacional. Como es el caso entre el grupo de Los que reciben remesas familiares desde el extranjeroversusLos que no reciben remesas familiares desde el extranjero.

Quienes forman parte de la elite más alta del castrismo, tratan a diario de encontrar una nueva manera de culpabilizar a uno de los tantos componentes en que está dividida la sociedad actual. Como forma ridícula de venderle la idea esperanzadora a los desesperados cubanos y cubanas, que si se desenmascaran a los supuestos culpables, de pronto todo irá bien y habrá prosperidad.

Actualmente, se intenta poner a pelear a los considerados como Ciudadanos Corruptosat the side ofCiudadanos No Corruptos al interior de Cuba, como si en un instante esta Isla solo estuviera compuesta por estas dos partes de la sociedad. Pero es solamente una maniobra para crear expectativas y esperanzas, de que al lograr salir de la corrupción todo mejorará.

Para ello se usan los espacios de la prensa oficialista, pero se puede arribar a la conclusión-ilusión de que se produce una batalla campal contra este flagelo social. Más, la sinceridad o no de las intenciones se pueden deducir de estos trabajos mediáticos, cuando miden o no, si dejan criticar al sistema de gobierno que producen las corrupciones.

Es por eso, que todo ciudadano que solamente insinúe, que la culpabilidad de sus desgracias personales son de los que se arrogan el poder, automáticamente se transforma en “librepensador altamente peligroso”. Porque sin siquiera quererlo, se sale del canon conductual-ideal preestablecido de que nunca se responsabiliza a los que gobiernan.

Esta y no otra es la razón del por qué los disidentes no violentos al castrismo son tan virulentamente atacados y desprestigiados ante la opinión pública nacional. Es que ellos con sus posturas contestatarias modelan una manera de actuar, altamente nociva para todos aquellos que ejercen cargos gubernamentales y que, a mediano o largo plazo, pueden sacarlos del poder.

Una conducta que no es nada conveniente para su aspiración a permanecer de una manera cuasi-perpetua en el poder ejecutivo de Cuba. Y es así, solo casi permanente, debido a que los alabarderos del oficialismo, con la retórica de aquellos que usan y abusan de los cargos oficiales, nunca hablan de perpetuidad, como un modo subliminal de dar a entender que algo cambiará.

Poseer una mentalidad castrista es, ante todo, percibir a los gobernados como meras piezas de un gran ajedrez político-social, lo que conlleva a despreciar y a la vez temer la opinión del prójimo. El aborrecimiento como sentimiento debe entretener y manipular a los muchos fragmentos de una sociedad, por eso los totalitarios cubanos necesitan tener los odios a flor de piel.

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