Hojas Sueltas, Manacas (Primera Parte). Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

 

 

Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 25 de julio de 2014, (FCP). Transcurrieron unos 30 días de realizado el Juicio Oral, y yo esperaba por la Sentencia. Allí en la Prisión Provincial (La Pendiente), Villa Clara, Destacamento 9, continuaba con el descuento de los minutos, horas y días de mi encierro. En realidad tenía alguna esperanza de que se hiciera lo correcto y llegaran los documentos del tribunal con la Libertad Inmediata.

Me llegaron, extraoficialmente, malas noticias. Por vía de los familiares de otros reclusos, me dijeron del comentario en la calle referente a una sanción de ocho años de privación de libertad. Nunca pude obtener la fuente de dónde salía la maula coletilla. Según mi madre, la familia de mi (ex) tenía la información de primera mano. Ocho años de prisión.

Comencé a tener en cuenta aquella advertencia. Ya eran varias personas diferentes las portadoras de la pesquisa, y algunas de ellas tenían posibilidades reales de recibir el dato. No pude evitar la consternación, no obstante a ello inicié una preparación física y mental para enfrentar los sucesos venideros.

Entonces noté cómo se desplegó un plan de Contra Inteligencia en torno mío para obtener información de mis siguientes pasos. Se me acercaron reclusos, los más allegados y también los menos, con la indagación de ¿qué iba a hacer si era cierta esa sanción? Además, del control permanente mediante los militares y los reclusos al servicio de la guarnición.

Aún recuerdo a un reo por delito común que hizo cierta amistad conmigo, cuando me dijo: «Si acaso te vas a plantar, o vas a hacer cualquier cosa, cuenta conmigo que los dos lo planeamos mejor». No podía creer que aquel pobre hombre, también estuviera en el juego de la traición. Entonces le dije que se acordarían de mí por bastante tiempo.

Sentí con pesar el no poder despedirme de aquel “amigo” ciego del alma. Al día siguiente iba rumbo a la prisión de Manacas. Era tanto el apuro, que violaron las reglas del traslado de presos, me mandaron en una moto con sidecar. A pesar de que iban dos guardias, incluido el propio Oficial de Guardia, y estaba esposado de pies y manos, era esto una transgresión de norma.

Por primera vez visitaba aquel lugar. Y pensar que sería mí domicilio por varios años. El transporte se detuvo frente a unas oficinas, donde penetró uno de mis escoltas con los documentos en las manos. Desde allí escuché como decía que traía a un contra-revolucionario peligroso. Entonces le indicaron que no me bajaran, que siguieran conmigo directo a las celdas.

La motocicleta accedió al interior del penal por la puerta principal, tomó las calles interiores y subió hasta el final. Allá en una esquina, algo apartado de los destacamentos donde están los demás recluidos, se erguía como una especie de mazmorras dentro de la prisión, con sus tapias independientes que le dan un toque diabólico.

Se abrió la puerta y el vehículo arribó hasta la entrada. El ambiente era caldeado. Los guardias con malas formas, vestidos a medio uniforme, con los pantalones y botas militares de campaña, en camisetas o pullover. Bruscamente me llevaron a lo que denominan “el solero”, según el sub-oficial al mando, hasta que le dieran órdenes concretas sobre mi caso.

Después de haber soportado el sol del día, como a las 16:00 horas, me sacaron hasta el recibidor donde realizaron una minuciosa requisa. Requisaron cada una de mis pertenencias al detalle, así como a mi persona. Finalmente me asignaron la celda número 17, que dicho por el jefe de grupo, desde ese calabozo sería imposible una comunicación inicial con el resto de la población penal.

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