Acerca del derribo de aviones civiles. Alexander Andrade Guimbarda.

Alexander

 

 

Santa Catalina, Santa Clara, 15 de agosto de 2014, (FCP). En días pasados redacté un artículo al que titulé «Insólita Sinvergüencería». El titular parodiaba el de una reflexión del octogenario líder de la Revolución Fidel Castro Ruz.

El anciano, en su “reflexión”, acusaba de modo irreflexivo al gobierno de Ucrania de ser el culpable del derribo de un avión de Malaysia Airlines. Esto a pesar de que la nave aérea volaba sobre territorio controlado por los anexionistas pro-rusos.

Estos habían derribado dos aviones ucranianos poco antes de producirse el abatimiento del aparato de la línea Malaya. Lo cual desmiente que no poseían armamento capaz de alcanzar un objetivo semejante.

Otra cosa que apunta hacia los secesionistas, es que la mayoría de los pasajeros del avión era de procedencia europea. Resulta muy contradictorio que un gobierno que, precisamente, libra una guerra por buscar su adhesión a la Unión Europea, perpetre el asesinato de ciudadanos de esa entidad multinacional.

Por esto digo que me resulta irreflexiva la “reflexión” del señor Fidel Castro, pues omitió todos estos detalles. Pero quizás no se trate de pura sinvergüencería, sino de que su octogenario cerebro ya no funciona de manera óptima.

En cambio, yo sospecho de los rusos. Y mis sospechas se basan en los pésimos antecedentes que tienen los gobernantes del Kremlin en materia de derribo de aviones civiles, sobre lo cual voy a citar un par de ejemplos.

El primero sucedió en plena Guerra Fría, el 1ro de septiembre de 1983, cuando caza reactores de la extinta Unión Soviética derribaron el avión del vuelo 007 de Korean Airlines, en el cual perdió la vida el congresista norteamericano por el Estado de Georgia Larry McDonald. En aquel momento los soviéticos alegaron haberse confundido con un vuelo espía.

Casi una década después, el entonces presidente ruso Boris Yeltsin declaraba a su par coreano Rho Tae Wood: «Pedimos disculpas por la tragedia y estamos tratando de resolver algunos asuntos sin resolver».

En 1992 el mandatario de la Federación de Rusia hizo entrega a la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI) de las Naciones Unidas, lo que los rusos habían negado que poseían, por casi dos lustros. Se trataba de las grabaciones de la caja negra del vuelo 007 de Korean Airlines.

Por entonces, Yeltsin reconoció también otro secreto criminal. La fuga de ántrax de una entidad militar en Sverdlovsk, en abril de 1979, cuyo número de víctimas aún se desconoce. Hasta ese momento los rusos sostenían la mentira de que la causa de las muertes había sido por carne contaminada.

El segundo caso fue el del Tupolev Tu-154 que se estrelló de manera muy sospechosa cuando intentaba aterrizar en la base aérea de Smolensk, el 10 de abril de 2010. El vuelo procedía de Varsovia, Polonia y en la tragedia murieron 89 pasajeros y 7 miembros de la tripulación.

Los pasajeros del avión eran el presidente polaco Lech Aleksander Kaczynski y su esposa la Primera Dama María Kaczinska. También se encontraban altos dignatarios de la República de Polonia tales como los jefes de las Fuerzas Armadas, viceministros, miembros del Sejm (Parlamento), prelados de la Iglesia Católica y todo el gabinete político.

Estos se dirigían a participar en un homenaje a las víctimas de la masacre de Katyn, en la que los rusos asesinaron a 22 000 soldados, oficiales e intelectuales polacos, en la Segunda Guerra Mundial. Algo que el Kremlin negó durante decenios mientras señalaba como culpables a los alemanes.

Lo que hace muy sospechoso el incidente es que el presidente Kaczynski y su gobierno eran abiertamente contrarios a los intereses de Moscú y Berlín. También en 2012, un fiscal militar polaco que investigaba el hecho intentó suicidarse, lo cual avivó las sospechas contra el Servicio Secreto Ruso. Aún se desconocen las causas que provocaron el siniestro.

Por lo tanto es notable la serie de crímenes encubiertos cometidos por los gobernantes del Kremlin o como los definiera Ronald Reagan, «El Imperio del Mal». Por mi parte deseo aclarar que no tengo nada en contra del pueblo ruso, sino que soy un auténtico antiimperialista y no un seudo antiimperialista, como el octogenario Comandante, émulo de Matusalén.

 

 

 

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