Jefe del Comando Central. Alexander Andrade Guimbarda.

Alexander

 

 

Santa clara, Santa Catalina, 22 de agosto de 2014, (FCP). Por la ventanilla divisó la ciudad, sobre la que dentro de pocos minutos el aparato aéreo, un Hércules C-130, descendería. Con gesto enérgico se ajustó el cinturón de seguridad, tras ser informado de que la nave aérea comenzaba la maniobra para el aterrizaje.

Su semblante irradiaba satisfacción, pues estaba convencido de que la toma de Bagdad, era cuestión de pocas horas. Había ordenado reforzar las tropas que asaltaban la ciudad con tres batallones, dos de la 101 División de paracaidistas y uno de la 82 División. El ataque terrestre era apoyado desde aire, por un millar de aviones y helicópteros.

Los generales Mc Cristal y Wallace le habían asegurado que, a no más tardar de 48 horas, sus tropas habrían aplastado la resistencia de las fuerzas iraquíes y controlarían totalmente la urbe.

Hacía poco tiempo que abandonara la sede del Comando Central en Qatar, donde dirigiera las operaciones desde el comienzo de la contienda. De allí se encaminó a Basora en la que, por orden suya, personal de los Estados Unidos había reforzado a las tropas británicas, que tras dos semanas de asedio, pero con escasas pérdidas, habían ocupado la metrópoli.

Luego continuó hacia An-Nayaf, donde se encontraba basada parte de la 101 División aerotransportada. Reunido con su jefatura impartió las órdenes pertinentes para concluir en breve con la toma de Kerbala, la cual era asediada por la 2.da Brigada de esta unidad.

Una breve sonrisa afloró a sus labios al recordar las imágenes del dictador iraquí recorriendo puestos de combate en Bagdad. «Una payasada desesperada», había comentado uno de sus subordinados.

Ahora que unidades de la 3ra División de Infantería de Marina ya combatían en zonas céntricas de la capital iraquí, la televisión volvió a mostrar imágenes de Saddam Hussein presidiendo una reunión donde se encontraban presentes el vice presidente Taha Yasin Ramadan, el primer ministro Tarek Aziz, el ministro de defensa Sultán Hashin y el hijo del dictador, Qusay, comandante en jefe de la Guardia Republicana.

«Toda esa pandilla allí reunida. Que bien si hubieran llegado en ese momento los muchachos para ponerlos a todos bajo arresto», pensó, y se le antojó divertida al imaginarse la escena al comandante de la Coalición Multinacional, general Tommy Franks.

Fue justo cuando los neumáticos del tren de aterrizaje del poderoso cuatrimotor turbohélice tocaron tierra y comenzaron a rodar por la pista del aeropuerto de la ciudad de An-Numaniyah, ubicada a escasos kilómetros al sudeste de Bagdad, y donde recién se instalara el cuartel general de la Infantería de Marina.

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