Hojas Sueltas: Un Judas al descubierto. Rolando Ferrer Espinosa.

Ferrer

 Camino a Vegas Nuevas, Santa Clara, Villa Clara, 22 de agosto de 2014, (FCP). Transcurría el tiempo a pesar de todo, cada día con su propia agonía. Nada cambia, ni las cosas, ni las gentes. Hasta el enrarecido ambiente era el mismo siempre, los olores, o sea, los malos olores y la humedad atrapados en aquel local. Era como si la vida apostara por convertirme en daltónico, pues ante mis ojos no aparecían los colores, todo parecía gris, y así lo recuerdo.

Una mañana llegó el Reeducador al Destacamento 1 de Manacas, donde estaba recluido, e indicó la formación para inspección. Serían aproximadamente las 10:00 horas de un día cualquiera e igual a otros tantos, ya que realizaba esta tarea mañanera casi a diario. Todos los reos se ubicaron, de pie en el pasillo entre las literas, al lado de sus camastros.

Más o menos en el centro del dormitorio, se sitúo el oficial. Desde una posición donde fuera escuchado y visto por todos los presentes, para dirigirse al personal recluso. Quedó en frente a mi posición, por lo que pude ver como colocó su agenda de trabajo encima de una cama. Luego de culminar con su letanía, recogió la libreta y se marchó.

El inquilino del lecho donde puso su cuaderno el militar, se percató que este último dejó un papel abandonado, al parecer sin darse cuenta. Acto seguido se dispuso el prisionero a zacear su curiosidad sobre el contenido del escrito. Descubrió que era el informe de un recluso delator, uno de entre aquellos que convivían en el recinto.

Discretamente se me acercó para ponerme en conocimiento de aquello. Temeroso no quería verse involucrado en una apropiación voluntaria de aquella misiva. Con la voz temblorosa me pedía un consejo de qué hacer con eso, si entregarlo al reeducador, votarlo…, o qué hacía. Comencé entonces por leer el dichoso papel.

Su contenido era directo. Dirigido al oficial a cargo del destacamento, donde rendía informe del resultado de su tarea como observador y conocedor de las actividades de algunos reos, aquí estábamos cinco involucrados, por supuesto que me incluía en su misión el chivato. Relataba de cómo algunos internos pretendían pasar de la visita de familiares, fármacos controlados.

Entre otras cosas, hizo referencia a mi persona. Notificó que no tenía nada nuevo sobre mí, que yo realizaba pocos comentarios, que sí mantenía una postura contra-revolucionaria, que no era fácil el acceso a mis cosas, y que también pasaría medicamentos prohibidos. Confieso que al leer el informe del judas, me indigné tanto que me propuse descubrirlo.

Orienté al interlocutor, que no dijera nada, pues íbamos a levantar al cabrón y se necesitaba cautela. Ante la inconformidad del inseguro confinado, fue necesario explicarle que: Si se lo entregaba al dueño, este sabría que él lo leyó y tomaría medidas con él, quién sabe cuáles, así como que alertaría al soplón; si lo votaba, perderíamos la posibilidad de identificar al traidor, que dicho sea de paso, lo implicaba a él también en su chivatería.

Rápidamente me puse en función de conformar un círculo de sospechosos. Con perseverancia reduje el número de dudosos a dos personas. Yo mismo, valiéndome del engaño, le tomé las muestras caligráficas a uno de ellos; pero éste no era el autor del alegato. Para no implicar a terceros, entonces mi cómplice sería el encargado de obtener las muestras del otro escamado.

El plan sería que le solicitara al supuesto, que como él tenía buena letra, le escribiera una carta amorosa a un recluso que era alardoso y mentiroso, que no tenía pareja y era objeto de bonches muy a menudo, para así tener un tema de sátira con este, que le insistiera de forma natural. El hacendoso escritor accedió y conformó la supuesta carta.

Para asegurarme del éxito en la gestión, le encargué a mi compinche en la investigación, que le dictara el texto de la misiva, donde utilizaría palabras escritas en el anónimo del chivato. Cuando tuve ambos escritos en mi poder, pude ver con claridad, que el delator estaba descubierto, este era quien tenía la policía para informar sobre mis actividades, y lo hacía con fervor mezquino.

Examiné la situación con detenimiento y me dispuse a desacreditarlo, al delator y su jefe. Primero con los internos responsables de la disciplina en el destacamento. Luego, con los especialistas del Trabajo Operativo Secreto (TOS) de la prisión, que son los encargados de hacer esta actividad entre los presos, y por último, ante el propio reeducador.

Al verse descubierto el militar en la realización de actos fuera de su contenido, para lo cual no estaba capacitado ni autorizado, este me envió a las celdas de castigo por 4 meses. Con placer asumí el confinamiento de recargo, disfruté de cómo aquel investigador iniciativista era objeto de críticas por sus homólogos especialistas en el menester.

El castrense aludido, me visitó en las mazmorras en varias ocasiones para amenazarme. Dijo que me darían una puñalada, que ya tenía enemigos y no podría salir más al patio con los demás cautivos, que me dejaría una larga temporada allí. Pero al final, siempre daba a entender que lo había metido en problemas. Eso me reconfortaba, además, del Judas al descubierto.

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