La tragedia de un gesto. José Luis León Pérez.


Leon 

El Gigante, Santa Clara, Villa Clara, 22 de agosto de 2014, (FCP). Viejo campanario que ya no irrumpes en la urdimbre del paisaje misérrimo. Que ya no cantas con los desbordamientos de la aurora, en la fiesta recóndita de murmullos desenfrenados. Que ya no celebras la dulzura del ángelus con la fe solemne y apacible de las almas creyentes.

Torreón misericordioso que cubriste tus roídas desnudeces con los encajes sutiles de un pasado ardoroso, en medio de la aldea amada, frente a la límpida Plaza de Recreo y a sus improvisados caserones añejos. Ahora que ya no imploras la mirada amable. Ahora que ya no anhelas el calor palpitante de corazones nobles. Ahora que ya no eres solitario jornalero del ritmo cuotidiano.

¿Conoces acaso, adivina acaso ese frío sortilegio que se inmiscuye y se adueña de los más grandes dictados de los hombres modernos?

Los hombres modernos, aunque algunos lo ocultan, mantienen la creencia firme de que en todo rasgo de vida late un impulso incesante de renovación. Un hágase imperioso, un no deténgase acelerado y contundente, que es algo así como la fachada, como la característica, como la personalidad de todo lo mutable.

Y esa lucha, que es a veces la tragedia de un gesto o la forja de un hechizo posible, valga la paradoja, desvío la corriente pensativa de su sendero oculto. Además, destruye la grandeza majestuosa de la montaña en vela, y se duerme en la paz inviolada de los cielos con la elegancia fabulosa de un Ícaro inmortal.

Y esa lucha, habla a veces el lenguaje incognoscible de las constelaciones en la noche callada y sin cómplices. A veces, llega con su eufonía inquisitiva a las más remotas profundidades de los mares y en la búsqueda del más allá, resume lo más digno de su anhelo, y lo más hermoso de su vida.

Primero, viejo campanario, amputaron tu garganta: sabia en el trinar, glosadora del tiempo, en una mañana húmeda y fría, mientras el enjambre de golondrinas fraternas, trenzaba su nostalgia íntima en las espirales de sus revuelos torpes. Después, lo que destruye en la mano de los hombres, te convirtió en la arcilla irresponsable que cubre el oprobio del bache callejero. Y hoy, nada, un recuerdo, la flor de un comentario.

Y las almas del mañana no tendrán tiempo de recordarte, porque otras preocupaciones y otras innovaciones absorberán el oro de sus días.

El hombre es así, viejo campanario que ya no irrumpes en la urdimbre del paisaje misérrimo. A cada paso una interrogación. Interrogación estupenda que jamás dirá su secreto último, ni en la Vida, ni en los dominios de la Muerte.

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